Optimismo en un sistema capitalista

Escuchamos la palabra sistema por todas partes; y es porque realmente, los sistemas están en todas partes, formando parte de un sistema aún más grande cuyo tamaño es todavía bastante incierto para nosotros. No hay forma de escapar del sistema y no concebimos algo diferente porque siempre hemos permanecido en el sistema. Para resumir, eres un sistema dentro de otro sistema. 

Si son así de importantes los sistemas, de igual importancia será saber qué es un sistema. La definición varía con el campo hacía el cual relacionemos el tecnicismo, pero una de las definiciones de la RAE bastante interdisciplinar define Sistema como Un conjunto de cosas que relacionadas entre sí ordenadamente contribuyen a determinado objeto. Básicamente, un sistema se compone de unidades más pequeñas que el sistema como tal que contribuyen para dar funcionamiento al mismo; de igual manera en que un dispositivo que da apoyo a una cuerda permite que ésta se enrolle sobre el mismo, para vencer la resistencia de otro objeto, facilitar el levantamiento de peso y crear así una polea. 

Existen ciertos sistemas inherentes a la vida, como aquellos del cuerpo humano, la fotosíntesis y los ecosistemas. De la misma forma, el ser humano ha creado sus propios sistemas, muchos de ellos, en forma de ideologías. Reemplaza las unidades por ideas esta vez. Un sistema ideológico sería un conjunto de ideas o creencias que son compatibles entre sí y crean una ideología funcional. El capitalismo, por ejemplo, es la ideología social y económica prevaleciente en el siglo XXI. Tan prevaleciente, que el filósofo británico Mark Fisher escribe “Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo” como título del primer capítulo de su libro Capitalist Realism (Realismo Capitalista en español).

Según Fisher, el capitalismo es lo que queda luego de que todas las ideas colapsan. Es lo que nos lleva al desamparo e influencia todo lo que hacemos, desde nuestros posts de Instagram hasta los medicamentos que nos receta el psiquiatra. Ahora todo tiene un precio y ser, en gran parte, dueño de una persona por 8 horas casi todos los días del mes al pagarle un sueldo es algo que se ha normalizado. El capitalismo en estos días es algo intrínseco en nosotros que ha hecho más fácil aún convertir a un humano en un número. Una idea dominante que comenzó con la célebre frase de Margaret Thatcher, “No hay alternativa”, refiriéndose a que el mercado de libre comercio, es la única opción. Ahora, el valor pasó de ser una cualidad significativa a una cantidad. 

Todas nuestras decisiones están influenciadas ampliamente por el capitalismo y este, a su vez, impulsa el individualismo; pero según la Teoría de Juegos, aunque la gente persiga sus propios intereses, el mejor desenlace o salida de una situación suele conseguirse al cooperar. La Teoría de Juegos explica por qué tenemos oligopolios y cómo la competencia afecta un negocio. 

Esta teoría de matemática aplicada también nos ayuda a entender un poco mejor el sistema en el que vivimos. La vida que cada uno vive es un juego, con todos sus elementos, dicho estrictamente en el sentido de esta teoría. Dependiendo de la situación puede ser cualquier tipo de juego, ya sea cooperativo, no cooperativo, simétrico, asimétrico, secuencial, simultáneo, de suma cero o no suma cero, etc. 

En el caso del capitalismo, este es un juego simultáneo, en donde todos tomamos decisiones sin saber las decisiones de los demás, pero estas nos afectan. Vivimos en una ilusión en la cual tenemos libertad y control. Si fuera así, no te afectaría que tu empleado llegue tarde a trabajar, que el semáforo se prenda en rojo o que las tiendas judías cierren en festividades. Es esencial entender que estamos ligados a otras decisiones y que si queremos prosperar debemos cooperar con otros, pero también que existe una jerarquía y que no somos más que unidades que trabajan para que un sistema funcione. Un sistema tan arraigado a nosotros, que ha envuelto nuestra realidad completa. Un sistema que nos ha hecho creer que un papel verde vale algo, cuando nada lo respalda, porque estamos condicionados. Algo que alguna vez fue una idea insignificante tomó valor por medio de una conciencia colectiva; que si el día de mañana lo decide, todos usaríamos algún otro material para respaldar el valor de nuestras horas y habilidades… y adiós dólar. 

Mucho de lo que compramos es innecesario. En el mercado no se venden objetos simplemente, se venden conceptos e ideas. Se vende la idea de la atracción, la sociabilidad, la seguridad, la salud y sobre todo lo felicidad. Pareciera que todo conspira a ella, pero es un concepto más, con una lista de requisitos que crea necesidades falsas que el mercado ofrece para ti.

  Al final todos queremos ser felices y no es sólo que no sepamos cómo, sino que no sabemos qué es; pero entre más intentamos entenderla, menos felices somos. Es inversamente proporcional. Además, el hecho de pensar en la felicidad, nos recuerda que no la tenemos. ¿Cómo obtener algo tan preciso y subjetivo sin siquiera saber que se busca?. A veces hay que saber cuando ya hemos pensado demasiado.

El excepcional Ernest Hemingway dijo una vez, “La felicidad en las personas inteligentes es lo más raro que conozco.” ¿Acaso conectar los puntos es negativo? Es más fácil vivir sin saber algo, que vivir sabiendo algo, pero ignorándolo. Se dice que la ignorancia es felicidad basado en una interpretación de un verso de Thomas Gray. ¿Acaso te duele que te sean infiel si no lo sabes? 

Al final la felicidad es una sensación. Una más a la que e hemos puesto nombre. Una receta bioquímica llamada felicidad. Es interna y no deberíamos depender de nadie más que de nosotros para ser felices. Echarle la culpa a un sistema que ha mejorado a través de los años es hacer lo mismo que siempre. Es llorar pidiendo ayuda para continuar haciendo lo mismo. Nadie dijo que veníamos al mundo a ser felices, nadie sabe a qué viene al mundo inicialmente, ni el propósito del sistema del universo. Somos una escena corta de una película extremadamente larga de la cual no somos protagonistas; donde la única certeza de a qué vinimos y hacia dónde vamos es la duda; y el cambio, paradójicamente, es una constante. 

Si somos tan insignificantes como el universo nos parece, podemos dictar el curso de nuestras vidas, porque en una escala grande, no servimos propósito alguno y por ende podemos crearlo. Podemos experimentar, percibir y sentir. Podemos aprender y podemos vivir como si nada importara, porque desde cierta perspectiva, así es. Estamos aquí para disfrutar, no tanto para pensar. Estamos aquí para ser felices simplemente sintiendo, sin esforzarnos tanto en buscarla. Estamos aquí para crear, no solo para aceptar. No estamos aquí para plantear problemas, si no para encontrar soluciones. Estamos aquí para tomar decisiones; para sufrir o reír, entre otras. Estamos aquí para jugar un juego nunca antes establecido. Estamos aquí para crear nuestro juego y sentir todo lo que este tiene para ofrecer. Prepárate, pues si la vida es un juego, el universo es nuestro patio de recreo. 


«Biology enables, culture forbids.”

— Yuval Noah Harari

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